Me desperté. Siempre me cuesta
conseguir ver bien los primeros cinco minutos. La luz me cegó.
Miré mi cama desecha y pensé: “ya haré la cama a la vuelta”.
Me puse el chándal y cogí el ascensor. Salí a la calle y empecé a correr como la mayoría de las mañanas. Estaba entrenando para la San Silvestre de Pamplona. Mientras corría pensaba en qué me podría disfrazar para esta carrera. Quería darle uso a mi gorra de Cuba que compré cuando estuve hace 3 años de vacaciones allí. Aún quedaba tiempo.
Siempre hacia el mismo recorrido. Esta vez me propuse a observar como
nunca había observado. Empezaba en el parque de la Media Luna, desde aquí
siempre hay unas grandes vistas. Se notaba que era otoño, las hojas no dejaban
ver el suelo.
Empecé a descubrir nuevas cosas y te preguntas cuanto tiempo lleva allí
eso.
Luego bajé al río y crucé el puente de la Magdalena.
Saludé a los pequeños ponis y seguí corriendo. De vez en cuando me
cruzaba con algún ciclista.
Volví a cruzar el Arga y subí la “cuesta de la muerte”. Así la llamaba
yo.
Pasé por el seminario y volví a
casa.
Había echo el mismo recorrido de siempre, sin embargo, fue la primera vez
que mi cabeza pasó por ahí.